Viajes y pensamientos

Viajamos y meditamos

El renacer de la autopercepción femenina

El renacer de la autopercepción femenina

NATALIA ALMAZÁN DE PABLO

 

Hoy es uno de esos días amargos, que revuelve tu estómago y lo convierte en un torbellino irrefrenable.

Hoy es 8M  (8 de Marzo), el día oficial en el que las mujeres y hombres salen a la calle de todo un país en diferentes partes del globo terráqueo para luchar, manifestar y sacar su frustración, ira, tristeza e impotencia ante una situación que persiste en el tiempo y en el espacio.

Se pensó en otorgarnos la libertad a hombres y mujeres pero fue un aspecto que no acabó agradando a todos, por lo que –bajo el poder que resurgía y se engrandecía y las ansias de ser el epicentro de todo- se rechazó, inhibió y eliminó toda muestra de libertad femenina.

Tal fue así durante siglos que la figura femenina creyó que ésa era la única forma de vida que para ella se tenía guardada.

Algunas felices con su vida y otras, pasando segundas pero primeras Odiseas en carnes femeninas.

El poder masculino fue volviéndose tan real que sin darse (o si) crearon desde el más ínfimo principio una división entre géneros, o mejor dicho, entre personas. Acabaron por delimitar dónde empezaba, seguía y dónde debía terminar la vida femenina (de su hermana, de su mujer, de su hija…)

Perseguidas, enjuiciadas, declaradas culpables, herejes, bestias y mil injurias. Rechazadas, infravaloradas, silenciadas, explotadas, humilladas, violadas (física y psíquicamente), asesinadas, inhibidas, cohibidas.

Crearon entre nosotras el sentimiento de pertenencia a un hombre, dependencia, fidelidad hasta la muerte y una total dedicación en vida. Esclavas. Supeditadas.

Nos dijeron que no teníamos libertad de acción sobre nosotras ni nuestra vida, que no podíamos hacer todo cuanto quisiésemos, desarrollar una vida sexual que nos pertenecía, pronunciar palabra y que eso fuera a misa y se hiciese, una independencia económica, una vida laboral existente, un embarazo deseado, un aborto sin o con clandestinidad.

Nos hicieron pensar que debíamos rivalizar entre nosotras, chocar, pelear y que ganara la mejor (como lo hicieron ellos): por ver quién es la más guapa, la más exitosa, triunfante, ganadora, la mejor hermana/amiga/madre/hija/esposa. Nos hicieron enemigas sin darnos cuenta.

El feminismo habla de sororidad, un retorno a los orígenes, donde todas éramos hermanas y donde existía un amor mutuo sin haberlo corrompido e inyectado un odio creciente.

El feminismo surgió por todo esto. Surgió por la opresión, porque no se aguantaba más después de hacerlo infinitas e interminables veces a lo largo de los siglos.

Surgió porque empezó a empoderarse la figura femenina, empezó a pensar que todo lo que provenía en voz del hombre quizá no fuese cierto y real y llegó a la verdad de que todo había sido una farsa, una trola, un juego, una táctica de guerra.

Habíamos sido las victimas de todo aquello. Nos dimos cuenta de que toda culpa que nos habíamos atribuido durante siglos a mil menesteres cotidianos no era culpa nuestra, sino de aquellos hombres que hicieron mal su labor de hombre. Aquellos hombres que no entendieron lo que es ser un hombre.

Nos percatamos de que no eran casos aislados y minoritarios en nuestra ciudad/pueblo, sino que a través de la prensa y de los medios de comunicación se veía cómo era algo que iba mucho más allá.

Empezamos a salir a la calle, a reivindicar por todo aquello que estábamos descubriendo: por todo lo que nos pertenecía y era nuestro.

Y llegó nuestra voz a los parlamentos, Campoamor, y llegó nuestro voto a las urnas.

Todo comenzaba a cambiar. Un cambio revolucionario. Estábamos tomando las calles y se nos notaba en la vida real.

Nos dimos cuenta del poder que teníamos. Del silencio impuesto. De que teníamos que estallar. Reventar. Explotar.

Nos dimos cuenta de que teníamos que luchar por lo mismo que ellos tienen: mismos derechos y libertades, un salario igualitario, no discriminación por ser mujer, por poder salir a la calle sin miedo al qué pasará si, a poder vestirnos cómo nos plazca sin juicios-críticas-prejuicios, que se nos vea en la sociedad en diferentes puestos, querernos pues nos habían hecho odiar nuestra existencia por ser mujeres durante siglos, empoderarnos y decidir sobre nosotras y nuestra vida.

El feminismo nos abrió el camino por una lucha que ojalá no tuviera que producirse por el simple hecho de que ya lo tuviésemos.

Nosotras decidimos sobre nosotras: cuerpo, mente y alma. Hemos resurgido y renacido y ahora sabemos mejor que nunca lo que queremos.

Igualdad. Equidad. No discriminación. Libertad.

Juntas nos hacemos AÚN más grandes y fuertes.

 

 

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