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Invocaciones y Advocaciones

Ayer se inauguró en el Palacio de la Audiencia de Soria la exposición  “Invocaciones y Advocaciones” del soriano Antonio Ruiz Vega que permanecerá abierta durante todo este mes de junio.

 

Invocaciones y Advocaciones

Antonio Ruiz Vega

Todo lo que ha sostenido y exaltado a nuestros antepasados, lo volveremos a encontrar. Pero antes es preciso consentir en la noche. (Friedrich Nietzsche)

 

Antonio-Ruiz-Vega-Invocaciones-Advocaciones-cartel

Una antigua tradición vasca habla del fin del paganismo en Euskadi. Los antiguos Jentillak (gentiles), seguidores de las viejas tradiciones, se divertían en el collado de Argaintxabaleta. De pronto uno de ellos divisó una nube luminosa que se les echaba encima. Dejaron de bailar y beber, desanudaron sus abrazos y, sobrecogidos por un terror irracional, fueron a avisar al más anciano de entre ellos. Tan viejo era que ya nunca salía de su cueva y estaba completamente ciego. Pese a ello mandó que le llevaran a un alto risco desde donde se podía divisar la extraña nube. Entonces les pidió que le abrieran los ojos con dos palancas,  lo que hicieron. Tras observar la nube por un buen rato gritó: Ha nacido Kixmi, y ha llegado el fin de nuestra raza. ¡Echadme al precipicio! Los paganos salieron corriendo y no pararon hasta llegar al valle de Araztaran, donde había y hay una gran piedra y, metiéndose debajo de ella, desparecieron para siempre.

Kixmi era el  Pálido galileo con cuyo aliento el mundo se volvió gris del que hablaba Swimburne.

Los mismo que pasó en Euskalerría sucedió en todos los pueblos europeos, que tuvieron que renunciar a sus creencias y tradiciones politeístas para abrazar la nueva revelación mosáica. La destrucción de nuestro espíritu e identidad no fue fácil ni incruenta. Todavía en el 782 Carlomagno hizo crucificar a 4500 sajones que se negaban a ser bautizados. Una avenida de monolitos recuerda su gesta en el bosque de Verden. Dicen que el rio Aller bajó tinto en sangre durante días…

La persecución no terminó entonces, lo mismo que no acabó la fidelidad a los antiguos dioses, que a menudo tenían que enmascararse bajo formas cristianas, ni terminaron los ritos y tradiciones que siguieron celebrándose aunque de forma clandestina. A esto le llamaron superstición y brujería y la persiguieron con la tortura y el fuego.

Nuestros antepasados no creían en la eternidad, algo que repugna a la lógica, pero sí en el eterno retorno. Los dioses, es cierto, podían morir, pero no completamente. Mediante determinadas ceremonias y sacrificios los viejos dioses revivían. Como la naturaleza hace todos los años.

Estas invocaciones a las antiguas potencias  se calificaron de pacto con el Demonio, cuando lo cierto es que los demonios de una religión son siempre los dioses de su predecesora.

Después de casi dosmil años de dominio papista, los dioses ancestrales comenzaron a revivir. En Irlanda, Escocia, País de Gales, Bretaña, fueron muchos los que quisieron volver la vista a sus tradiciones, recuperando la esencia prometéica de Europa.

Una Europa que, tras siglos de sumersión oriental podía decir, parafraseando el famoso poema de Ernest Henley,

Tengo la cabeza ensangrentada, pero erguida.

            Dos siglos después del despertar europeo y gracias a autores como Mac Pherson, Villemarqué o Ramón Chao, hemos ido reconstruyendo las epopeyas y sagas de los Dioses y los Héroes.

Ya no somos, no debemos serlo más, extranjeros en nuestra tierra. Cada europeo, si se lo propone, lo desea y se atreve a luchar por ello puede afirmar, con Henley:

Soy el amo de mi destino.
Soy el capitán de mi alma.

            Por aquí desfilan, en un sueño de culturas, Numancia, Sarmizegetusa, Alesia, Teotoburgo, Culloden… Nuestra Independencia. Nuestra Libertad. Nuestros Dioses, nuestros Héroes… No habían muerto, sólo esperaban que alguien creyera en ellos para revivir

Porque, como escribió Vicente Risco:  “Se los confina en despoblado. Por eso los seres mitológicos pueden reaparecer cuando un hombre se pierde en la floresta, cuando el caminante solitario escala las cumbres de las sierras o cuando atraviesa campos de ruinas abandonadas. Reaparecen en las sepulturas de los lugares en que hubo cultos primitivos, en las piedras milenarias, bajo las arboledas sombrías y temerosas”

“Ningún misterio se descifra y, por ello, es fuente perenne de luz y de poder. Su sentido es, al mismo tiempo, patente y arcano, evidente para la consciencia interior, y se realiza por sí mismo. En esto consiste su virtud. El acto por el que se pone en acción la virtud del misterio es el rito

A estos Dioses, a estos Héroes, aquí les invocamos. Para que, una vez manifestados y redivivos, podamos acogernos a su advocación y ejemplo:

He salido al Bosque
Me he perdido en el Bosque
 He vuelto cubierto en Sangre
He visto tus ojos, Lug.
He visto tu puño, Belenos.
He visto vuestras lágrimas, Matres.
He visto tu sangre, Epona.
He visto tu luz, Ataecina.
He visto tus ojos, Lug.
¡Tus ojos me han mirado, Lug!

 

      (Samain.   Canción del grupo soriano Árnica)

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